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El Arte de la fuga

Desiderio García Sepúlveda

¿Quién cuidaba a Dafne?

Hay muchas preguntas sin respuesta alrededor del caso de Dafne Zapata Quintos. La más importante, y quizá la más dolorosa, es muy sencilla: ¿quién cuidaba a una niña de trece años mientras permanecía en una academia militarizada?

Las investigaciones continúan. Lo único indiscutible es que Dafne salió de su casa para asistir a un campamento de verano y allí perdió la vida.

La Fiscalía General de Justicia de Tamaulipas reclasificó la carpeta de investigación bajo el protocolo de feminicidio. Esto implica que las circunstancias de la muerte ameritan explorar nuevas líneas de investigación. Pero ese cambio, por sí solo, no acerca a la verdad. Lo que la sociedad espera son respuestas claras y una investigación que avance con seriedad.

El testimonio de la madre de Dafne resulta profundamente inquietante. Ha denunciado que el único contacto que tuvo con su hija fue a través del personal de la institución, que le informaba que la menor se encontraba bien. Al cuarto día de su ingreso recibió una llamada para comunicarle que su hija había fallecido. Al llegar a la academia, asegura que el cuerpo de la niña ya estaba preparado para los servicios funerarios y que en el lugar no había personal de emergencia.

Si esos hechos se confirman, el problema dejaría de ser únicamente penal. También evidenciaría una forma de actuar en la que la prioridad de la institución era controlar la situación antes que atender a una menor que estaba bajo su responsabilidad.

Los padres no entregan solamente a sus hijos cuando los inscriben en una escuela o los envían a un campamento. Depositan su confianza en quienes prometen cuidarlos. Esa confianza impone una obligación que va mucho más allá de cualquier reglamento interno. Cuando ocurre una tragedia, nadie puede escudarse en la disciplina, la jerarquía o los procedimientos administrativos.

También deberán esclarecerse los testimonios de otros menores que hablan de presuntos abusos físicos, maltrato y castigos extremos dentro de la escuela. Corresponde a las autoridades determinar si esas denuncias tienen sustento. Pero el caso ya exhibe una debilidad que merece atención: la supervisión del gobierno sobre instituciones privadas que operan bajo esquemas de disciplina extrema parece llegar demasiado tarde.

Cerrar un plantel puede ser una medida necesaria. Sin embargo, esa decisión no devuelve una vida ni corrige las fallas que permitieron que una tragedia de esta magnitud ocurriera.

La muerte de Dafne no puede reducirse a un expediente más. Antes que cualquier debate jurídico, existe un hecho imposible de ignorar: una menor estaba bajo el cuidado de adultos y de una institución que tenía la obligación de protegerla. Eso no ocurrió. Mientras no se explique con claridad qué sucedió y quiénes fallaron en esa responsabilidad, cada día que pasa deteriora la confianza pública y prolonga la incertidumbre de una familia que sigue esperando justicia.

 

 

 

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