El arte de la fuga
Desiderio García Sepúlveda
Aunque todavía no hay campañas ni candidatos formales, la pelea por 2027 ya está en marcha. En Morena lo saben. Y también saben que, esta vez, el principal problema podría no estar en la oposición, sino dentro del propio partido.
El mensaje de Rosa Icela Rodríguez, secretaria de Gobernación y una de las principales operadoras políticas de la presidenta Claudia Sheinbaum, difícilmente puede leerse como un simple llamado a la unidad.
Frente a la bancada morenista en San Lázaro, advirtió que ninguna candidatura, posición o interés político puede estar por encima de la estabilidad del país.
El mensaje fue bastante claro: nadie debería estar dispuesto a poner en riesgo al gobierno o al partido por ganar una candidatura.
Y la advertencia llega justo cuando empiezan a moverse las primeras piezas.
El regreso de Rubén Rocha Moya al Gobierno de Sinaloa abrió un frente político que todavía no termina de cerrarse. Al mismo tiempo, Morena comenzó a organizar su estructura en los estados que renovarán gubernatura en 2027. Sinaloa, Querétaro, Campeche, Aguascalientes y Colima ya tienen coordinadores en defensa de la transformación.
Es decir, la sucesión todavía no empieza oficialmente, pero la competencia ya está ahí.
El problema es que Morena enfrenta una situación que no le es desconocida: cuando un partido tiene el poder y, además, parte como favorito, las candidaturas adquieren un valor enorme. Ya no se trata solamente de ganar una elección; se trata de decidir quién tendrá el control político de un estado durante los siguientes años.
Ahí es donde las encuestas pueden convertirse en un arma de doble filo.
Morena las ha utilizado como principal mecanismo para resolver candidaturas. Pero ganar una encuesta puede generar también la sensación de que la candidatura es un derecho adquirido.
Por eso también llamó la atención el mensaje de la dirigente de Morena, Ariadna Montiel: ganar una encuesta no será suficiente. La reputación del aspirante y sus posibles vínculos con personajes o intereses cuestionables también serán considerados.
Sobre el papel, parece un cambio importante. La popularidad ya no sería el único requisito para llegar a una candidatura. El partido pretende incorporar un filtro de integridad.
La verdadera prueba, sin embargo, vendrá cuando ese criterio choque con los intereses de los grupos locales.
Porque una cosa es hablar de una frontera ética y otra muy distinta aplicarla cuando el candidato más competitivo es, precisamente, el que genera más dudas.
Ahí estará uno de los grandes retos de Sheinbaum rumbo a 2027.
Morena tiene una posición política privilegiada. Pero esa misma fortaleza puede hacer más intensa la disputa interna. Cuando los contendientes saben que hay posibilidades reales de ganar, la pelea por la candidatura se vuelve mucho más dura.
Por eso, 2027 no será solamente una elección para Morena. Será también una prueba de disciplina interna.
La interrogante no es si el partido puede ganar. Hoy, en buena parte del país, esa posibilidad parece bastante clara.
La pregunta es si puede llegar unido a la elección.
Porque el mayor riesgo para Morena quizá no sea perder frente a la oposición, sino que las ambiciones de sus militantes terminen haciendo más daño que sus adversarios.
