Por Desiderio García Sepúlveda
La doble nacionalidad como filtro
México está a punto de establecer que, para aspirar a los cargos políticos más importantes del país, habrá que tener únicamente la nacionalidad mexicana.
La reforma impulsada por la presidenta Claudia Sheinbaum y aprobada por mayoría calificada en el Senado y la Cámara de Diputados, establece que, a partir de 2028, quienes quieran competir por la Presidencia, una gubernatura o la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México deberán renunciar a cualquier otra nacionalidad.
En principio, puede parecer una medida relacionada con la soberanía. Pero hay una variante más incómoda: ¿tener otra nacionalidad hace que una persona sea menos mexicana?
La lógica de sus defensores parece sencilla: quien quiera gobernar México debe tener una sola lealtad nacional. Pero una cosa es la nacionalidad y otra, muy distinta, la lealtad.
México es un país profundamente marcado por la migración. Millones de mexicanos viven fuera del territorio nacional y muchos de sus hijos tienen otra nacionalidad simplemente porque nacieron en otro país.
Tener dos pasaportes tampoco significa tener dos identidades o vivir con una lealtad dividida. Una persona puede estudiar, trabajar o vivir en otro país y, al mismo tiempo, mantener vínculos profundos con México, con su familia, su cultura y su comunidad.
Entonces vale la pena preguntarnos: ¿qué estamos tratando de medir realmente cuando exigimos una sola nacionalidad?
Si queremos asegurarnos de que quien gobierne México esté comprometido con el país, existen maneras mucho más razonables de hacerlo. Podemos exigir respeto a la Constitución, capacidad, experiencia, honestidad y una trayectoria que demuestre ese compromiso.
Pero tener un solo pasaporte no garantiza ninguna de esas cosas. Ya lo hemos comprobado.
Por supuesto, es válido discutir los posibles conflictos de intereses que podría tener un funcionario con otra nacionalidad. También es importante proteger la soberanía del Estado. Pero una cosa es atender esos riesgos y otra asumir que toda persona con doble nacionalidad es, por definición, menos confiable para gobernar.
La discusión, entonces, no debería reducirse a cuántos pasaportes tiene una persona.
Debería ser mucho más sencilla: ¿qué hace que alguien sea verdaderamente leal a México?
Porque si la respuesta es que basta con tener una sola nacionalidad, estamos confundiendo un documento con una convicción.
Una democracia puede exigir compromiso con el país y respeto por la Constitución. Lo que resulta mucho más discutible es convertir el pasaporte en una especie de certificado de patriotismo.
Y ahí está el conflicto: que dejemos de preguntarnos quién está mejor preparado para gobernar y empecemos a aceptar a quién encaja mejor en una determinada idea de lo que significa ser mexicano según la visión oficial.
