El nuevo analfabeta digital

El nuevo analfabeta digital

El Arte de la Fuga

Desiderio García Sepúlveda

La inteligencia artificial ya entró a las aulas mexicanas, pero lo hizo sin manual, sin estrategia y, sobre todo, sin acompañamiento suficiente para quienes sostienen el sistema educativo: los docentes. Según datos recientes, nueve de cada diez profesores ya usan IA. Esto puede sonar a modernización acelerada, pero la realidad es menos optimista: estamos ante una adopción superficial que podría profundizar la desigualdad educativa en lugar de reducirla.

La Encuesta Nacional sobre Inteligencia Artificial Generativa (ENIAG) realizada por la Secretaría de Educación Pública (SEP), reveló una contradicción preocupante: aunque la mayoría usa estas herramientas, tanto estudiantes como profesores se autoevalúan con apenas 5 puntos de 10 en su dominio. Esto evidencia una comprensión limitada para identificar sesgos, verificar contenidos o utilizar la tecnología con pensamiento crítico. En otras palabras: no se está enseñando inteligencia artificial; se está improvisando.

El problema no está en la tecnología, sino en la política pública. Mientras se exige a los maestros adaptarse a la Nueva Escuela Mexicana, al aprendizaje por proyectos y ahora al uso pedagógico de la IA, el presupuesto para su formación profesional parece una burla. En 2026, el Programa para el Desarrollo Profesional Docente recibió apenas 284.1 millones de pesos, lo que representa menos de 100 pesos anuales por maestro de educación básica y media superior, y menos de 400 pesos para profesores universitarios.

La cifra resulta todavía más alarmante si se compara con 2016, cuando ese mismo programa recibió 2,600 millones de pesos. Una caída del 90 % no es austeridad: es abandono institucional. Después se culpa al maestro por no innovar.

La consecuencia inmediata es una nueva brecha digital. No entre quienes tienen internet y quienes no —ese ya es otro problema—, sino entre quienes saben usar la IA para aprovechar al máximo su rendimiento y quienes apenas la utilizan en un nivel básico. Las universidades privadas avanzan en la actualización de sus docentes en nuevas tecnologías, pero las Escuelas Normales públicas se rezagan. Mientras algunas instituciones ya diseñan políticas para su uso ético, otras siguen discutiendo prohibir su utilización.

La IA no reemplazará a los maestros, pero sí dejará atrás a los sistemas educativos que no inviertan en ellos. El verdadero problema no es si debemos usar inteligencia artificial en la educación, sino la carencia de un marco presupuestal, legal y teórico para quienes deben enseñarla. Porque sin docentes preparados, la innovación no democratiza: excluye.

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