Estabilidad sin crecimiento
El arte de la fuga
Desiderio García Sepúlveda
México no está en crisis, pero tampoco avanza. Ese es el diagnóstico incómodo con el que inicia el segundo año de gobierno de Claudia Sheinbaum: una economía que crece poco mientras la inflación sigue presionando. No es un escenario de emergencia, pero sí de desgaste.
El señalamiento del Centro de Estudios Económicos del Sector Privado (CEESP) confirma una tendencia persistente. El crecimiento económico ronda niveles insuficientes —cercanos al 2%— para atender las necesidades de empleo y desarrollo del país. Al mismo tiempo, la inflación, aunque moderada respecto a años recientes, continúa afectando el poder adquisitivo. En términos simples: el dinero alcanza para menos.
El problema no es solo técnico, sino político. La inflación es el indicador que más pesa en la percepción ciudadana. Se traduce en una experiencia diaria: alimentos más caros, servicios más costosos, menor margen de maniobra en los hogares. En ese contexto, cualquier discurso de estabilidad pierde fuerza frente a la realidad cotidiana.
Detrás de este desempeño hay factores estructurales conocidos: baja inversión, productividad limitada y un entorno que aún genera incertidumbre. A pesar de oportunidades con la inversión extranjera México no ha logrado convertirlas en un motor claro de crecimiento. Falta infraestructura, certidumbre y condiciones que incentiven decisiones a largo plazo.
El riesgo para el gobierno es claro. Administrar la estabilidad puede ser técnicamente correcto, pero políticamente insuficiente. El segundo año es clave: define rumbo y expectativas. Y hoy, la economía mexicana muestra resistencia, pero no dinamismo.
Porque evitar una crisis no es lo mismo que generar crecimiento. México ha logrado lo primero, pero sigue pendiente el desarrollo económico. Si no se corrige el rumbo, el peligro no es el colapso, sino la normalización del estancamiento: un escenario silencioso, pero profundamente corrosivo para el futuro del país.