El arte de la fuga
Por: Desiderio García Sepúlveda
Sarampión: el virus que exhibe al sistema de salud
México no está discutiendo hoy un problema técnico ni un trámite administrativo. Está luchando contra el tiempo para no perder un estatus sanitario que costó décadas construir: el de país libre de sarampión. La prórroga de dos meses solicitada a la Organización Panamericana de la Salud no es una buena noticia. Es, en realidad, una señal de alerta que revela fallas acumuladas, decisiones tardías y una peligrosa normalización del riesgo.
Los datos son contundentes. El virus ya está presente en las 32 entidades federativas. Más de siete mil casos confirmados y al menos 24 muertes no son una estadística menor ni un “brote controlado”, como a veces se quiere presentar; menos aun cuando el sarampión es hasta cuatro veces más contagioso que la covid-19 y puede permanecer activo en el ambiente durante horas. No es un enemigo nuevo, pero sí uno al que se le bajó la guardia.
El discurso oficial insiste en que hay vacunas suficientes. Y, en efecto, las cifras hablan de millones de dosis disponibles y adquiridas para los próximos dos años. El problema no es solo de inventario, sino de cobertura, estrategia y confianza. Alcanzar el 95 por ciento de vacunación no es una meta retórica: es el umbral mínimo para cortar la transmisión. Hoy, claramente, no se ha logrado.
Parte de la explicación está en la pandemia. En el pasado sexenio se interrumpieron esquemas, se pospusieron campañas y se debilitó la atención primaria. Pero esa explicación ya no basta. Canadá ya perdió su certificación. Estados Unidos está al borde y México solicitó tiempo. Los tres países, paradójicamente, serán sede del Mundial de Futbol 2026. Millones de personas cruzando fronteras mientras el virus circula sin estar controlado.
La respuesta sanitaria comienza a moverse: dosis “cero” para bebés a partir de los seis meses, operativos casa por casa, vacunación en aeropuertos y centrales camioneras. Todo eso es necesario, pero llega tarde. Y llega, además, en un contexto donde la desinformación y la resistencia a la vacunación siguen presentes, sin una campaña masiva y sostenida que confronte esos temores con datos claros.
El riesgo de perder el estatus de país libre de sarampión no es solo simbólico. Tiene implicaciones sanitarias, económicas y de credibilidad internacional. Pero, sobre todo, tiene un costo humano. Cada caso prevenible es un fracaso del sistema.
El mensaje final es incómodo, pero inevitable: el sarampión no regresó por casualidad. Regresó porque se dejó espacio para que volviera. Y si algo debería quedar claro es que las prórrogas no curan enfermedades. Las vacunas, sí. Y aplicarlas a tiempo es una responsabilidad que ya no admite más demora.