El Mundial de la apariencia
El arte de la Fuga
Desiderio García Sepúlveda
Hay una fotografía que resume mejor al México de 2026 que cualquier imagen del Estadio Azteca lleno. De un lado, una ciudad maquillada para recibir la Copa del Mundo, con murales renovados, avenidas intervenidas y miles de millones de pesos invertidos para proyectar modernidad. Del otro, madres buscadoras pegando en las mismas calles los rostros de sus hijos desaparecidos.
Mientras las autoridades celebran la llegada del mayor espectáculo deportivo del planeta, México acumula más de 133 mil personas desaparecidas. Según datos del Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas (RNPDNO) las entidades con mayor número de casos son el Estado de México, Jalisco y Tamaulipas.
No se trata de una cifra abstracta. Detrás de cada expediente hay una familia rota y una ausencia que el Estado no ha podido resolver. Sin embargo, la prioridad institucional parece estar puesta en otra parte: en garantizar que la postal mundialista luzca impecable.
La Ciudad de México destinó más de 23 mil millones de pesos a infraestructura, movilidad y renovación urbana asociadas al Mundial. Al mismo tiempo, miles de familias continúan financiando sus búsquedas con recursos propios, pagando fotocopias, traslados y materiales para mantener viva la esperanza de encontrar a sus seres queridos. El contraste revela una jerarquía de prioridades que ningún discurso oficial puede disimular.
No es casualidad que las madres buscadoras hayan convertido los muros de la capital en espacios de memoria. Han evidenciado lo que el poder quiere evitar: lo que no se ve deja de existir para la conversación pública. Por eso, cada ficha pegada en una pared es mucho más que una herramienta de búsqueda; es una denuncia contra el olvido. También es un desafío a una narrativa gubernamental que insiste en presentar una ciudad colorida, segura y lista para el turismo internacional.
La historia ofrece paralelismos inquietantes. En 1968, el gobierno mexicano intentó preservar la imagen de estabilidad que exigían los Juegos Olímpicos mientras crecía el descontento social, con los funestos resultados ya conocidos. Hoy las circunstancias son distintas, pero la tentación política es parecida: privilegiar la escenografía sobre el problema de fondo. Cambian los actores; permanece la obsesión por la imagen.
El Mundial terminará en unas semanas. Los aficionados volverán a sus casas, las transmisiones cesarán y las celebraciones quedarán en el recuerdo. Lo que permanecerá será la crisis de desapariciones y la exigencia de miles de familias que siguen preguntando dónde están los suyos.