Morena 2027: la hora de limpiar la casa
El Arte de la Fuga
Por Desiderio García Sepúlveda
Morena descubrió tarde una verdad elemental de la política mexicana: abrir la puerta sin revisar quién entra termina por convertir cualquier proyecto en rehén de sus peores aliados. La instalación de la mesa formal entre Morena, el Partido del Trabajo (PT) y el Verde Ecologista (PVEM) rumbo a 2027 no responde a una estrategia de fortalecimiento institucional, sino a una operación de emergencia para contener una crisis de credibilidad que amenaza con convertirse en su mayor pasivo electoral.
El discurso oficial habla de “blindar” candidaturas, fortalecer filtros y garantizar perfiles honestos. La realidad es menos noble: se trata de apagar incendios provocados por años de pragmatismo desbordado, donde la prioridad fue sumar poder territorial sin preguntar demasiado sobre el origen de ciertas lealtades.
El caso de Rubén Rocha Moya en Sinaloa no es un accidente aislado; es el síntoma más visible de una enfermedad política mucho más profunda. Las acusaciones sobre presuntos vínculos con el crimen organizado, sumadas a episodios como el del exalcalde morenista de Tequila, Diego Rivera —procesado por nexos con el Cártel Jalisco—, exhiben una verdad incómoda: Morena no solo creció rápido, también creció mal.
Durante años, el oficialismo construyó su narrativa moral sobre la supuesta superioridad ética frente al viejo régimen priista. Se vendieron como la ruptura histórica contra la corrupción, el amiguismo y la complicidad con los poderes fácticos. Hoy, esa bandera enfrenta su prueba más dura: demostrar que no terminaron convirtiéndose en aquello que prometieron sepultar.
Porque el problema no es únicamente criminal; también es político. Morena permitió que cacicazgos locales, grupos de poder reciclados y operadores con pasado turbio encontraran refugio bajo la marca de la 4T. La lógica fue simple: primero ganar, después depurar. Pero en México, la depuración siempre llega tarde y casi nunca por voluntad propia.
El PT y el Verde lo saben. Por eso exigen más espacios y menos imposiciones desde la dirigencia nacional. La coalición no discute principios, discute cuotas. No se debate ética pública, sino control territorial. Esa es la verdadera naturaleza de la negociación.
Y ahí está el riesgo mayor rumbo a 2027: no que la oposición construya una gran narrativa contra Morena, sino que Morena se convierta por sí mismo en la prueba de sus propias contradicciones.
La pregunta no es si habrá filtros más estrictos. La pregunta es si todavía queda autoridad moral para imponerlos.
Porque cuando un movimiento necesita blindarse de sus propios cuadros, quizá el problema ya no está en la puerta de entrada, sino en los cimientos de la casa.