Del humo blanco a la historia
Hay momentos que una piensa que solo verá a través de una pantalla. El cónclave era uno de ellos. Y, sin embargo, el 7 de mayo de 2025, estaba sentada en la Plaza de San Pedro con mis cámaras listas, viendo a 133 cardenales entrar a la Capilla Sixtina mientras el ceremoniero pronunciaba el histórico “Extra Omnes”. Las puertas se cerraron y, con ellas, comenzó uno de los momentos más importantes para la Iglesia Católica y para la historia contemporánea.
Poco puedo describir con palabras la adrenalina interna que genera el periodismo, o en mi caso, el fotoperiodismo, al tener el privilegio de estar presente en un lugar y momento donde sabes que todo lo que captures terminará formando parte de la historia. Ser fotógrafa me ha abierto las puertas a momentos que atesoro para siempre en la memoria y en el corazón. Y hasta la fecha, sigo preguntándome qué es lo que me ha llevado ahí, o por qué he tenido la oportunidad de estar ahí.
La mañana del 7 de mayo de 2025, mi día comenzaba camino a la misa “Pro Eligendo Pontifice”. Había una fila interminable de fotógrafos. Dejaron pasar a muy pocos… y entre ellos estaba yo. Me coloqué con mis cámaras en el área de prensa, justo junto al pasillo por donde los cardenales entraban hacia la sacristía, y los veía pasar frente a mí. Es impresionante observar a 133 hombres que ya había visto tantas veces antes e imaginar cómo se verían vestidos de blanco… o pensar cuál de ellos terminaría cambiando el rumbo de la historia
Lo que más recuerdo de esos días era la incertidumbre. Cualquiera de esos hombres podía convertirse en Papa. Fotografiar el cónclave significaba vivir constantemente con la sensación de que cada imagen podía terminar formando parte de la historia. Y entre todos ellos estaba Robert Francis Prevost.
Había tenido la oportunidad de fotografiarlo antes. Incluso convivir con él durante los dos años previos, mientras participaba en el Sínodo de la Sinodalidad. Recuerdo haber llegado a Roma un día antes del consistorio en el que fue creado cardenal, haber estado presente… y verlo pasar frente a mí como uno más entre tantos. Nunca imaginé que terminaría convirtiéndose en León XIV, aunque días antes del cónclave comencé a pensar seriamente en esa posibilidad. Había algo en su perfil que respondía exactamente a lo que la Iglesia parecía buscar después de Francisco: un hombre profundamente pastoral, misionero, cercano a las periferias y capaz de dialogar con distintos sectores de la Iglesia.
No era un hombre tan mayor, pero tampoco demasiado joven. Conocía de primera mano muchas realidades sociales y eclesiales gracias a su naturaleza de religioso, a sus dos periodos como prior general de los agustinos y a las distintas experiencias que había vivido durante su ministerio. En aquella misa, donde los cardenales ponían en manos de Dios la elección que tendrían que tomar, lo vi entrar hacia la sacristía. Recuerdo que levanté mi cámara casi por instinto y algo cruzó por mi mente: era muy probable que nunca más volviéramos a verlo vestido de rojo. Y así fue.
La tarde del 8 de mayo apareció el humo blanco. Recuerdo perfectamente las campanas, la gente corriendo hacia la plaza desde todas partes de Roma y más de 200 mil personas mirando hacia el mismo balcón. Durante casi una hora vivimos una mezcla de adrenalina y silencio. Sabíamos que ya había Papa, pero todavía no conocíamos su nombre. Y, sin embargo, la gente ya gritaba: “¡Viva el Papa!”, incluso sin ponerle todavía un rostro o un nombre. Fue ahí donde comprendí realmente lo que esto significaba.
La figura del Papa va mucho más allá de la persona que la encarna. Representa esperanza. Ese humo blanco era la esperanza de que ya teníamos sucesor de San Pedro, vicario de Cristo… pero también generaba una incertidumbre inexplicable. Detrás de esas paredes que tenía frente a mí (un pensamiento que rondó mi cabeza durante los dos días de cónclave mientras esperaba en la plaza mirando hacia la chimenea) 133 personas estaban decidiendo quién encabezaría a la Iglesia Católica durante los próximos diez años… o más. Y entendí que la figura del Papa trasciende incluso la religiosidad. El líder que estaban eligiendo dentro de la Capilla Sixtina marcaría una senda ideológica a nivel mundial, despertando esperanza, emociones y todo tipo de sentimientos incluso entre personas no católicas.
Hasta que finalmente, después de casi una hora viendo pasar siluetas detrás de las ventanas de la basílica, apareció el cardenal protodiácono y pronunció el esperado “Habemus Papam”. Desde que dijo “Robert”, supe inmediatamente a quién se refería. Sí, era Robert Francis Prevost. Y tomaba el nombre de León XIV. La plaza explotó.
Y entonces, volví a sentir exactamente lo mismo: aun sin que el mundo lo conociera realmente todavía, su figura ya representaba un signo de esperanza y paz. Y yo, detrás de mi lente, entendí que estaba viviendo algo que, hasta entonces, solo había visto en las noticias. Comprendí también que probablemente pasarían al menos diez años (o incluso más, dada la vitalidad del nuevo pontífice) para volver a presenciar algo así. Me sentía profundamente indigna de estar en primera fila, en medio de una noticia que tenía al mundo entero con las pantallas encendidas, y al mismo tiempo, consciente del privilegio inmenso que significaba poder plasmarlo a través de mis ojos para la historia: las primeras imágenes de León XIV como Papa.
Y entonces habló. “La pace sia con tutti voi”. Recuerdo que esas primeras palabras me impactaron profundamente. En un mundo marcado por guerras, polarización, incertidumbre y una tensión constante a nivel global, el nuevo Papa decidió presentarse ante el mundo hablando de paz. No comenzó hablando de poder, doctrina o utoridad. Habló de paz. Y entendí que no era casualidad. Aquella frase no solo marcaba el inicio de un pontificado, sino también el tono de lo que probablemente León XIV quería representar para la Iglesia y para el mundo: cercanía, reconciliación, esperanza y humanidad.
Por eso, mientras escuchaba la plaza estallar entre lágrimas, aplausos y gritos, comprendí que el impacto del Papa trasciende incluso a la propia Iglesia Católica. Porque, creyentes o no, millones de personas seguían mirando hacia ese balcón esperando escuchar algo que les devolviera esperanza. Y entendí también que, en ese instante, el mundo ya no estaba viendo solamente a Robert Francis Prevost. Estábamos viendo a Pedro. Estábamos viendo a la persona que millones de católicos creemos fue elegida para representar a Cristo en la Tierra. Pero, incluso para muchos no creyentes, también estábamos viendo a un mediador, a un líder mundial con la capacidad de tocar personas, influir ideologías, unir culturas y convertirse en una voz moral en medio de un mundo profundamente dividido.
Quizá por eso el silencio de la plaza, segundos antes de que hablara, se sentía tan inmenso. Porque todos entendíamos, de alguna manera, que lo que estábamos presenciando iba mucho más allá de la elección de un hombre.
Un año después, resulta imposible pensar el inicio del pontificado de León XIV sin recordar la enorme expectativa que generó su elección. Su primer año estuvo marcado por gestos que buscaron mostrar continuidad con el legado de Francisco, pero también una identidad propia: cercana a Roma como obispo de la ciudad, profundamente pastoral y con una mirada internacional marcada por su experiencia misionera en Perú. Desde las visitas a parroquias romanas y las celebraciones en San Juan de Letrán, hasta sus viajes internacionales, las ordenaciones sacerdotales y sus primeros grandes documentos, León XIV construyó rápidamente una imagen de cercanía y equilibrio.
Pero más allá de la dimensión institucional, para mí siempre existirá algo profundamente humano en todo esto. Porque antes de ser León XIV, era simplemente el cardenal Prevost caminando por los pasillos del Vaticano, saludando con sencillez, llegando en mi experiencia al Aula Pablo VI, y haciendo su fila como todos para tomar un café. Y quizá eso es lo más impresionante de un cónclave: entender que, en cuestión de horas, la vida de una persona puede cambiar para siempre… y con ella, también una parte de la historia del mundo.