Teotihuacán: violencia local, costo global
El Arte de la Fuga
Por Desiderio García Sepúlveda
México no puede permitir normalizar episodios como el ataque en Teotihuacán. No cuando el mundo tiene la mirada puesta en él. No cuando la narrativa internacional sobre seguridad ya es frágil. Y no cuando un solo hecho, aunque sea ejecutado por un agresor solitario, basta para reforzar la percepción de un país incapaz de proteger incluso sus símbolos más universales.
Lo ocurrido no fue un arrebato. Fue un acto planeado. El agresor llegó en un servicio de transporte por aplicación, se hospedó previamente y ejecutó un ataque con armas de fuego y punzocortantes en una de las zonas turísticas más emblemáticas del país. Hubo personas heridas, incluida la muerte de una mujer canadiense. Ese dato, más que cualquier otro, activa las alertas internacionales. No es lo mismo un hecho violento en una periferia olvidada que en el corazón turístico de México.
Las autoridades han hablado de un fenómeno “copycat”, una imitación de crímenes inspirados en ataques previos, incluso con referencias a hechos ocurridos en Estados Unidos. El diagnóstico puede ser correcto, pero es insuficiente. Nombrarlo no reduce su gravedad: la réplica también revela vulnerabilidad. Explicar no equivale a resolver. Y menos cuando lo que está en juego no es solo la investigación de un caso, sino la credibilidad de un país que en 2026 será sede de uno de los eventos más vistos del planeta: la Copa Mundial de Fútbol.
La pregunta es inevitable: si un atacante pudo planear y ejecutar una agresión durante casi una hora en Teotihuacán, ¿qué garantías existen para millones de visitantes que llegarán en los próximos meses? La respuesta institucional, centrada en la reacción de la Guardia Nacional, deja un vacío incómodo. Se actuó, sí. Pero tarde. Y eso, en términos de percepción internacional, pesa tanto como el propio ataque.
El turismo no solo se mide en cifras, sino en confianza. Países como Francia o España han enfrentado ataques en espacios públicos, pero su diferencia radica en la capacidad de respuesta y, sobre todo, en la construcción de una narrativa de control. México, en cambio, sigue reaccionando a los hechos, no anticipándolos.
Teotihuacán no es cualquier sitio. Es una postal global. Lo ocurrido ahí no se queda en el ámbito local ni en la nota roja. Se traduce en titulares internacionales, en alertas de viaje, en decisiones de turistas y, eventualmente, en dudas de organizadores y patrocinadores.
Minimizar el impacto sería un error. Sobrerreaccionar, también. Lo urgente es asumir que la seguridad dejó de ser un tema interno: hoy es un activo internacional. Y México, a meses del Mundial, no puede permitirse que la violencia siga siendo su carta de presentación ante el mundo.