El arte de la fuga

El arte de la fuga

Por: Desiderio García Sepúlveda

La renuncia que llegó tarde

La salida de Adán Augusto López Hernández de la coordinación del grupo parlamentario de Morena en el Senado no es un acto de desprendimiento político ni una decisión estratégica adelantada. Es, más bien, una renuncia tardía. Ocho meses después de que su liderazgo quedó erosionado por los escándalos, los señalamientos y la pérdida de interlocución, el senador tabasqueño finalmente se hace a un lado. No cuando el problema surgió, sino cuando ya era imposible sostenerlo sin dañar más al proyecto.

Durante meses, Adán Augusto resistió. Aguantó cuestionamientos sobre su patrimonio, versiones de investigaciones en Estados Unidos y, sobre todo, el peso de los vínculos de su exsecretario de Seguridad en Tabasco, Hernán Bermúdez, con el grupo criminal conocido como La Barredora. Las acusaciones no eran menores: expedientes oficiales que hablaban de extorsión, huachicol, tráfico de personas y asesinatos. Aun así, el coordinador se mantuvo firme, respaldado por su cercanía histórica con Andrés Manuel López Obrador y por una mayoría legislativa que optó por cerrar filas.

Ese respaldo, sin embargo, tuvo un costo. Adán Augusto dejó de ser un interlocutor confiable para la oposición. Dentro de su propia bancada generó fisuras. Morena ganó votaciones, sí, pero perdió autoridad política en la conducción del Senado. La coordinación se volvió un muro, no un puente. Y en política, eso siempre se paga.

¿Por qué ahora sí se va? La respuesta no está en el discurso oficial de “trabajo territorial rumbo a 2027”, que suena más a justificación que a convicción. Está en el contexto. Morena entra a una etapa clave: negociación de reformas sensibles, como la electoral, y la necesidad de llegar a las elecciones intermedias con una narrativa de orden, disciplina y control de daños. Adán Augusto ya no ayudaba a esa narrativa.

El relevo por Ignacio Mier Velazco no es casual. Mier es un operador probado, con menos ruido mediático y mayor margen para reconstruir acuerdos. Su llegada busca despresurizar al Senado y enviar una señal de normalidad. No es un giro ideológico, es un ajuste táctico.

La paradoja es que Adán Augusto se va cuando ya cumplió la tarea dura: construir la mayoría calificada y sacar adelante el llamado Plan C. Se queda como senador, se reubica como operador regional y conserva influencia. No hay ruptura ni castigo visible. Pero tampoco hay una explicación convincente de por qué resistió tanto tiempo cuando su permanencia dañaba más de lo que sumaba.

En política, el cuándo importa tanto como el qué. Renunciar a tiempo puede ser un gesto de responsabilidad. Hacerlo tarde suele ser una admisión silenciosa de que ya no había alternativa. La salida de Adán Augusto no limpia el pasado ni borra las preguntas pendientes. Solo confirma que, en Morena, las decisiones no siempre se toman cuando conviene al país o a las instituciones, sino cuando el costo político ya es demasiado alto para seguir mirando hacia otro lado.

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