Pablo Larios era un portero flaco y bigotón. Un verdadero kamikaze que se colgaba del balón a la menor provocación. Lo hizo en el equipo de su natal Zacatepec, donde Pablo vivió enfrente del Estadio Coruco Díaz. Un guardameta sin miedo, pero tan delgado que su entrenador Carlos Turcato le decía “cuídate mucho, no te vayan a quebrar”.

Larios siempre le contestaba que “no estoy flaco”, pues estaba acostumbrado a cargar bultos de 25 kilos en la casa de materiales de construcción, propiedad de su padre.

La gente sufría con mis salidas, pero mis compañeros no. Volaba como una mosca, tan frágil y débil pero seguro a la hora de tomar el balón con las manos. Fallaba en algunas ocasiones, las menos”, contó hace unos años al escritor Carlos Barrón en un testimonio parte del libro Tiempo de compensación.

Poco antes del Mundial de México 86, Pablo dejó Zacatepec para irse al Cruz Azul. Un cambio drástico, en el que Pablo dejó un salario mensual de 23 mil pesos, para cobrar 150 mil con La Máquina.

-¿Qué le hizo a tanto dinero?

-No lo sé. Lo gasté, compraba muchos carros.

¿Dónde quedaron esos coches?

-No recuerdo, supongo que pagué cosas con ellos.